Un paso de misterio, un misterio de fé

(P.José Fco. Orozco, Consiliario)

Ha sido un domingo raro de Resurrección. La primavera lo ha sido más que nunca y nos ha regalado un día de lluvia en las calles y un día de lágrimas en los rostros de los Hermanos; de hecho, las unas han sido causa de las otras. Como sabéis, no hemos podido procesionar por las calles de Granada. Pero es lo único que no hemos podido hacer, porque sí que hemos sabido gritarle a todos, con nuestro paso en el Sagrario y la eucaristía celebrada en fraternidad, que Cristo vive, que ha resucitado y que es nuestro Dios y Señor.

Nuestro paso luce majestuso:

Un almendro en flor como arco entrada, haciéndonos recordar el jardín en el que se escribe la historia de la salvación. Si en un jardín perdió el hombre de la amistad con Dios, en otro jardín (el huerto donde fue Jesús enterrado) vuelve el hombre a encontrarse con su Dios: gracia dada, gracia acogida. En este jardín de nuestro misterio se encuentra toda la humildad de Dios, todo su amor. No es un adorno, es un símbolo de vida que cantaron los profetas: como el almendro es el vigía de la primavera, el primer árbol que florece aún en el duro invierno, así nuestra fe permanece en vela, aún en mitad de la muerte, aguardando la vida nueva en Cristo.

La Virgen María no es la del alma traspasada, no es la mujer al pie de la cruz, no es la imagen de la derrota...María es Nuestra Señora de la Alegría, el encuentro con el Hijo, la mujer que corre a abrazarse no al cadáver del pasado sino al Cristo Vivo del presente, al que ha vencido la muerte e inaugura una nueva vida en Dios. María no es la del rostro desfigurado por el dolor del Hijo, sino la imagen de una certeza de fe: que ni la muerte puede ponerle cadenas al amor. En cada paso de María damos nosotros un salto hacia Cristo, en los brazos al aire de María quisiéramos nosotros lanzarnos en pos de quien le da pleno sentido a nuestra existencia.

Miremos ahora Juan y María Magdalena, ellos nos recuerdan la importancia de ver y creer, de amar y ver:

Juan, el primero que llegó al sepulcro vació: Vió y Creyó. No había pruebas ni evidentes ni conclusivas, sólo un signo. Pero un signo con la fuerza de las huellas en la playa: igual no he visto a quien caminó antes que yo por el mismo sitio, pero sé que si las sigo, podré remontarme hasta él, que las huellas las he dejado alguien; el caminante existe, lo sé por sus huellas. Así hizo Juan, no le hizo falta más: vió y creyó. Y eso mismo nos invita a hacer nosotros: ver y creer. Nuestro paso nos sugiere una forma bella de remontarnos hasta Dios, por las huellas que Él deja delante de nosotros: la inocencia de los campanillos, la ilusión de los hermanos cofrades, la humildad de las mantillas, la servicialidad de los mayordomos, la fraternidad de nuestras relaciones.

María Magdalena, amó y vió. Vió más allá de sus lágrimas. Fue tan fuerte su amor que venció al miedo de estar con Jesús en el calvario, que venció el desánimo de la muerte cuando lo dejaron en el sepulcro. Cuando todos los demás desertaban, ella fue de madrugada al sepulcro. De alguna manera ella sabía que estaba vivo. Su amor se hizo fe, su fe la llevó de la mano hasta el encuentro con Jesús. Magdalena es maestra de nuestro propio recorrido en estación de gloria.

Y no quiero hablar aqui del Resucitado. Lo haré, si Dios quiere y me invitan a ello, en otro número de esta revista digital. Ahora, sólo me queda desearos a todos una feliz pascua de Resurrección. Dios vive, y nosotros con él.