Miércoles de Ceniza

(Artículo escrito por el Padre José Francisco, consiliario de nuestra Hermandad)

Año del Señor de 2010. La Iglesia Católica celebra el 17 de febrero el miércoles de ceniza, día penitencial que significa el inicio de la Cuaresma, 40 días que conducirán al cristiano, mediante las prácticas del ayuno, la limosna y la oración, hasta el gozo de la Pascua y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

 

En este mundo nuestro donde lo cristiano no tiene cabida y Dios es desterrado, donde se pretende acabar con la presencia de lo religioso en la vida pública bajo el axioma de ser la fe un “asunto privado”, la Cuaresma pasa desapercibida para mucha gente. Todo el mundo celebrará el carnaval de manera alegre y desenfadada y harán de plañideras en el entierro de la sardina, pero la cuaresma pasará sin pena ni gloria, desapercibida y sin aprovechar, para el resto de los mortales.

 

 

 

Y desde luego que para el no creyente ha de ser así, al fin y al cabo, no se puede mostrar más a las claras la coherencia con el pensamiento de que Dios no es relevante. Pero lo que para unos es coherencia, para otros es una grave falta de incoherencia e inconsistencia de vida. Para el que se declara practicante, para el que se confiesa hijo de la Iglesia, para el que quiere vivir en profundidad los compromisos de su fe, la Cuaresma es una oportunidad de oro para recuperar esa vitalidad fecunda de una vida entregada a Dios por amor, en el hermano necesitado.

 

El creyente se sumerge en un tiempo de densidad espiritual a través de este fabuloso pórtico que es el miércoles de ceniza. Los 40 días de Jesús en el desierto son vividos por el cristiano en la misma clave de purificación interna para percibir con mayor nitidez la voluntad de Dios sobre nuestra vida. Tres consejos nos da la Iglesia en este día para entrar con buen pie en la Cuaresma: hay que practicar el ayuno, hay que enriquecerlo con la abstinencia y hay que purificarse con la penitencia.

 

Dejemos caer unas cuantas pinceladas sobre cada actitud, para descubrir su riqueza, destacar su actualidad y motivar a su vivencia radical.

 

El ayuno. Actualmente nos acercamos al ayuno desde su aspecto más frívolo: en una sociedad de la opulencia, donde el sobrepeso y la obesidad son una especia de lacra social, ayunar es incluso beneficioso para la salud (la obesidad es un riesgo para el corazón) y para la imagen personal (la delgadez es la nueva tiranía de belleza). Muchos de nuestros contemporáneos ayunan, aunque no por motivos religiosos.

Para el cristiano piadoso, ayunar no es sólo privarse de un alimento, es adentrarse en una experiencia espiritual densa y rica. Literalmente, es privarse de alimento. Espiritualmente, es adentrarse en la experiencia de pasar hambre y, por lo tanto, sentirse por unos momentos uno de tantos millones de seres humanos que no tienen horizonte en sus vidas más que el de morir de hambre. Literalmente es dejar de ingerir alimentos necesarios; espiritualmente, es una forma de participación en el misterio religioso que celebramos: descubrir que no “sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Lc 4,4). Ayunar en Cuaresma es descubrir que el creyente se alimenta sobre todo de Dios.

 

 

El ayuno se radicaliza con la abstinencia. Y es que el ayuno no es sólo de alimento, sino de otras realidades materiales que tienen a dominar nuestro interior. Por eso, el cristiano también practica la abstinencia. Privarse de determinados alimentos o cosas tiene una primera consecuencia: nos recuerda nuestros propios límites y nos pone sobre las realidades materiales como dueños, no como esclavos.

 

Demasiadas veces nos dejamos poseer por nuestros deseos, por nuestra avaricia, por las realidades materiales, hasta el punto de que vendemos nuestra alma por tener más, gozar más, poder más… El ayuno tiene la virtud de recordarnos que no podemos llegar hasta Dios cargados de todo y con todo, como niños caprichosos a quien nadie puso límites. Quien practica la abstinencia recobra el control sobre sí mismo y nos recuerda la Palabra del Señor: “no acumuléis tesoros en la tierra…”, “aunque sean grandes vuestras riquezas, no les deis el corazón”…

 

 

La penitencia tiene varios sentidos, aunque a mí me gustaría destacar ahora sólo el sentido que tiene de dominio personal, como valor de autocontrol. Así, la vida penitencial pasa a ser identificada con una serie de privaciones personales que la persona se impone a sí misma porque sabe cuáles son sus debilidades, sus piedras de tropiezo, las ataduras de las que necesita desembarazarse.

 

De la misma manera que el toxicómano, en su proceso de rehabilitación, se priva de la droga que perjudica su salud, el penitente se priva de determinadas cosas porque sabe que, aun siendo legítimo vivirlas, pondrían en serio peligro su vida cristiana. En este sentido, la penitencia no es algo que nos viene impuesto desde fuera, sino un compromiso personal, algo que brota de nuestra libre decisión.

 

 

 

No sé si cuando este artículo vea la luz ya habrá pasado el 17 de febrero. Si es así, no importa, porque esas tres recomendaciones que la Iglesia nos hace no se tienen por qué reducir al miércoles de ceniza, de hecho, impregnan con su radicalismo toda la Cuaresma.

De hecho, la ceniza que se nos impone no es más que un recordatorio de nuestra condición mortal y del deseo que anida en nuestro interior de conducir nuestras vidas a la luz de Dios mediante la conversión del corazón.

Un corazón pagado de sí mismo se libera con el ayuno, un corazón aplastado por el deseo de poseer encuentra libertad con la abstinencia, un corazón destrozado por el pecado encuentra el gozo y la alegría que Dios da en la penitencia liberadora.

 

Si quieres vivir una buena cuaresma, una cuaresma cristiana y no pagana, ayuna, abstente y haz penitencia. Lo agradecerá tu corazón.