Presentación del Cartel 2013 por Rafael Ortiz

El Año de la Fe…

 

“Sé en quién he puesto mi confianza”, estas palabras de San Pablo, nos ayudan a comprender que la fe, “es, ante todo, una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente, el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado”. La fe de los testigos y confesores, es también, la fe de los apóstoles y doctores de la Iglesia.

Es el año de la Fe, y con él, deseamos contribuir a una renovada conversión al Señor Jesús y al redescubrimiento de la fe, de modo, que todos los miembros de la Iglesia, sean para el mundo actual, testigos gozosos y convincentes… del Señor Resucitado, capaces de señalar, la “Puerta de la Fe”, a tantos, que están en la búsqueda de la Verdad.

 

 

No concibo…

 

No concibo la pena,

sin Alegría Madre;

no concibo el dolor…

sin la reencarnación de la carne;

No concibo, recibir, sin dar;

pero si dar sin esperar nada a cambio;

No concibo reír, sin llorar;

ni llorar sin reír Padre;

No concibo el hambre del pobre,

sin el ayuno del rico;

No concibo la elegancia sin harapos,

aunque haya harapos,

a los que se les llame elegantes;

No concibo la infamia,

si no hay bondad hacia el prójimo, Madre;

No concibo la guerra,

sin la paz de los hombres;

No concibo el infierno,

sin la Gloria prometida;

No concibo a la víctima del maltrato,

sin que todos los señalemos con el dedo;

No concibo la desdicha del hermano,

sin la salvación eterna;

No concibo Padre,

la nefasta ineptitud de la corrupción política,

sin el amparo de las asociaciones

sin ánimo de lucro.

No concibo el desahucio de los débiles,

tras el engaño bancario;

ni concibo al pederasta, que

agrede a los más indefensos,

los mas bondadosos y

los más débiles, de cuerpo y alma.

Como no concibo Madre mía,

que se deshonre y maltrate,

a los mayores, por tener más edad,

sin que haya buena gente, de corazón,

de verdad, que los cuiden con amor.

No concibo Madre…

En definitiva,

el mal… sin tu bien.

Por eso, hoy,

he venido Padre,

para pregonarle a mis hermanos,

hoy aquí, en tu casa,

mi casa, la de todos.

Ante tu Iglesia, mi Iglesia y la de todos…

que al final, lo que sí,

repito… lo que sí, Concibo.

Es la Alegría de saber,

que vosotros vais a ser,

los testigos…

de mi mayor exaltación de fe.

Que profeso por Dios y su Iglesia,

a la que voy a traer,

a una nueva miembra.

Y que sirvan estas palabras,

para que algún día,

niñita mía,

sea yo el que te vea,

en un atril pregonando,

el camino verdadero,

el evangelio fiel y certero.

Porque algún día,

aquí te quiero ver, Triana…

Porque, aquí te espero…

(Destapo cartel)

 

Señor Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Cofradía del Stmo. Cristo Resucitado y Nuestra Señora de la Alegría; Miembros de diferentes cofradías; Comunidad de religiosas de la Parroquia de Regina Mundi, representantes de la Iglesia y colectivos cristianos parroquiales, cofrades en general, hermanos, hermanas y amigos todos. Mi agradecimiento más sincero a mi presentadora.

 

Mi llegada…

Cuando llegué a ti Madre,

yo llegué sin pensar que llegaba,

y yo llegué sin saber que llegaba,

y llegué de prestado,

con la confianza de tus propios hermanos,

los que hoy, son mis hermanos.

Para enseñar a mandar,

a un tal Curro Quiles, del que apenas,

había oído hablar,

pero que llevaba muchos años

en la hermandad, y que con el tiempo

se ha convertido, en un amigo, un consejero,

un compañero de viaje, en esta bendita

experiencia que es sentirse costalero, de la

Madre de Dios, de la Reina del Cielo.

Y yo me preguntaba…

¿Qué yo enseñara a qué?,

a hablar, a decir, a sentir, a mandar, a

soñar…Si era yo el que soñaba

con sentirme costalero de María Inmaculada.

Y María me dijo: -“Mira, ven…, vente a mi

encrucijada”, allí en Arabial,

un poquito más abajo

de la antigua Cañada Real,

en una capilla que se encuentra

situada en frente del altar.

Y María me llamó,

bajo la Alegría advocación,

para que casi por intuición,

me volviera a renacer

la flor del evangelio,

reconvirtiera mi vida,

y cristiano me sintiera.

No sabéis lo que me habéis dado, hermanos,

el sentir de la Iglesia,

de la comunión de la fe,

el amor más puro

del que se siente querido,

en el seno de una organización

llamada hermandad, que tan sólo,

tan sólo por un día, se convierte en Cofradía.

Y me habéis hecho notar,

que aunque yo no lo quisiera ver,

al final, tras una breve, pero intensa,

crisis de identidad,

como creyente a voz alzada,

he vuelto a renacer.

 

Lo que sí he aprendido, en nuestros fabulosos momentos de casa de hermandad y preparativos, de altares, actos y salida, es la importancia de la unión de la comunidad. Aunque no todos, por desgracia, lo vean así, y decidan tomar las decisiones por su cuenta, pero lo que sí que está muy claro, clarísimo, es que nadie tiene el poder de poseer, la palabra por encima de la hermandad, si no que la Hermandad, es la Palabra .

Poco a poco, se llegará a la conjunción perfecta, pero lleva tiempo, y sobre todo, paciencia, no por ser encargado de algo en concreto, quiere decir que se esté preparado en ese tema, y cada día hay que ir formándose en Cristo y en Cofrade, porque los tiempos cambian como cambian los vientos. Pero justo y verdadero es, que todos en unión y armonía, su corazón vuelcan, su esfuerzo y su tiempo, y hasta su dinero, por eso hay que tener, a todos en cuenta.

Se nos llena la boca de decir que somos una hermandad de Penitencia que celebra, ya en época de Gloria, la Resurrección del Señor. Pero cada vez que nos acercamos hasta nuestra Parroquia, los que venimos, convertida si me lo permite nuestro Consiliario Pepe, como a él le gusta que le llamemos, y al que muchísimo le debemos; Convertida como digo, en un paso de misterio evangélico, con él al frente como guía y capataz, sin martillo pero con el cáliz de la pasión y el Cuerpo de Cristo consagrados a través de sus manos, ocurre lo que le ocurre a muchos pasos. Que siempre hay un costero al que le falta gente, que está necesitado.

 

Yo me veo hoy aquí en su sitio,

frente a vosotros, y observo,

como en fijando los costeros y en corriente,

veo a todo un barrio,

volcado con su parroquia,

pendientes del mensaje del Señor,

viviendo día a día,

la comunión de Cristo y

ensalzando su fe por Dios.

En el costero izquierdo,

la gran mayoría de las veces,

miembros de los grupos

y los jóvenes de esta bendita casa, que

además nos amenizan la eucaristía,

y nos permiten acercarnos más

a las sagradas escrituras

mediante las canciones que todos

ya prácticamente, nos sabemos.

Pero siempre hay un costero

en todos los pasos,

al que le falta gente.

Hoy quiero aprovechar la oportunidad

que me ha brindado la hermandad

de Presentar el Cartel,

para deciros que el costero derecho,

pilar fundamental de

este misterio evangélico,

de vida cristiana, de amor fraterno,

de comunión y de verdad,

de sentimiento,

de cogernos de las manos,

de darnos la Paz

con un beso eterno,

de decirle al de al lado

un simple Te quiero,

y por qué no un te amo,

proclamemos el amor de Dios

y mostremos al Señor,

que el Domingo de Resurrección,

nosotros, en nombre de toda la Iglesia

lo celebramos.

Pero que hagamos hoy examen de conciencia

y debemos proponernos,

venir a formarnos en Cristo

a través de nuestro Evangelio

y que mejor maestro,

que nuestro querido padre Pepe,

que se entrega a la causa

de todo aquel que le pide que lo haga.

Y tenemos la suerte de poder mostrar

cada último sábado de mes,

que somos una hermandad,

que nos sentimos hijos de Dios,

hermanos, Cristianos, marianos,

pero sobre todo criados y educados

bajo la Fe de Cristo Resucitado,

digámosle a la Iglesia que estamos aquí,

que cuente con nosotros,

que antes de que lo pidan

haremos cola ante el despacho,

y que para lo que necesite cuente

con la Corporación de Jesús Resucitado

y Nuestra Señora de la Alegría,

y que me gustaría

poder ver algún día,

Que el costero derecho

está lleno de medallas albicelestes,

celebrando la eucaristía,

mostremos y enseñemos de una vez,

que ¡¡¡aquí está la Cofradía!!!.

 

Y de esa manera conseguiremos que cada año, Jesús Resucitado se presente a Granada como una Hermandad emblema y señera, de una Semana Santa, que crece más rápido que la hierba y mostrar la Cofradía que en realidad trabaja día a día, y que se merece estar entre las que pasito a paso, consiguen que la Granada Nazarena, dentro de la Iglesia, sea un pilar fundamental, de formación evangélica.

 

Ese momento…

 

Y me acuerdo de ese día,

de ese día y ese momento,

y me acuerdo que pasabas,

por el Palacio de la Curia,

conocido Arzobispal,

y fíjate Señor,

por allí también estaba,

Sergio Aguayo, cámara al hombro,

como siempre,

rodeado de magnolios,

para retratarte,

de una forma diferente.

Y dándonos la satisfacción,

De verte más poderoso, más alzado,

no desde arriba como siempre,

si no desde abajo,

magnificando su labor como fotógrafo

y la tuya como Hijo de Dios,

que todo lo cura,

al que todos llamaban y conocen,

como el inmortal.

El que lo cambia todo,

el que todo lo cambia,

el que si no es por Él,

nada tiene que ver,

porque si no hay Resurrección,

no entiendo la muerte,

porque estoy convencido,

de entender la muerte

a través de tu Redención.

Y quiero seguir viéndote,

mano alzada y poderosa,

con la Alegría de saber,

que nuestra vida es venturosa,

y que no me hagas sentir

que no existes, y que no eres,

porque si no hay Resucitado,

le pese a quien le pese,

no hay Granada Penitente.

Penitente y costalera,

De sentirse nazarena,

de tu Fe Alegre.

 

Quiso Dios…

 

Quiso Dios que durante la Semana de Pasión granadina, María de Betania, conocida por todos como María Magdalena, hiciera su particular recorrido por los momentos claves, que nuestra histórica ciudad nos ofrece. Recibió a Jesús entre palmas y olivos bajo el pórtico de Elvira, acompañando a toda la chiquillería que lo escoltaba, mientras Él hacía saber que el Salvador había llegado a Granada. Habló con la Madre Superiora de las Comendadoras de Santiago y tras las encrucijadas rejas de madera, rezó junto a ellas mientras el Ángel le mostraba el Cáliz de la Pasión en el Huerto de los Olivos. Corrió por los callejones hasta agarrarse de la mano de Fray Luis de Granada, Patrón de las bullas, para sin ser vista, observar la Sagrada Cena, la última, en la que lavó los pies a sus discípulos en señal de Humildad y Caridad, patentes del amor de Dios. Casi sin darse cuenta, la muchedumbre, la había llevado hasta la Carrera del Darro donde Jesús recibió, su Sentencia de muerte. Se atrevió a bajar hasta el barrio Fígares, donde un grupo de soldados osaron sortearse con unos dados, las vestiduras del Mesías. Oyó, que algo estaba pasando en San Matías, si, en la Imperial, se acercó, y allí estaban de nuevo, las fuerzas pretorianas, esta vez, Flagelando salvajemente al hijo de Dios, que le pedía al pueblo de Granada, Paciencia. Acompañó a escondidas, a la comitiva, hasta la Catedral del Realejo, donde se mofaron y burlaron de Él, coronándolo como Rey de los Judíos con una corona de espinas y como cetro, una insignificante cañilla.

Se cruzó la ciudad entera, para intentar atenderlo, junto a un enorme grupo de mujeres zaidineras, cuando el peso de la Cruz le hizo caer por vez primera. No contenta con eso, se atrevió a seguirlo durante todo el Calvario, hasta el Realejo, donde Simón de Cirene, se atrevió a ayudarlo en la que era ya su tercera caída y de allí al Campo. A las Tres de la tarde se abrió el cielo como cada año, y se postró ante la última exhalación del Hijo de Dios, mientras le pedía tres favores, caridad, salud y amor. Y lo vio morir, mientras el cielo de la ciudad, crujía entre nubes negras salidas de la nada, que cada Viernes Santo se hacen presentes en el que es el mayor acto público de fe, de cuántos se celebran en el mundo, para recordar, aquellas fatídicas Tres de la tarde.

Se fue María, recordando los tres favores que había pedido, y acordándose de todo lo que había visto y vivido, en una ciudad, que le había abierto las puertas al peregrinar de Cristo y a su evangelizadora comprensión por el pueblo de Dios.


Al tercer día, se fue a la Catedral,

como cada mañana,

para rezar tal y como había hecho,

desde su llegada a Granada.

Se santiguó y postró,

en un reclinatorio, ante el altar.

Y recordó, las peticiones de

caridad, salud y amor,

que ante el Mesías muerto,

había pedido para los más necesitados.

Era una mañana nublada,

triste, penosa y desdichada.

Cuando iba a empezar a orar,

cientos de palomas la rodearon,

rayos de luz de mil colores,

la enfocaron, a través

de las bóvedas canianas,

y tirándole de sus ropajes,

la llevaron hasta la plaza.

Decenas de niños, chillaban,

movían campanillas de alabanza.

La gente emocionada, aguardaba,

y todos unidos, gritaban,

¡¡¡Cristo ha Resucitado!!!

Parpadeó varias veces perpleja,

ante aquella instantánea,

y tras una nube de incienso,

que todo lo tapaba…

Apareció Él, pero quién,

¿Pero quién es?, se preguntaba.

Es Dios vivo hecho hombre,

que viene, para que formes

parte de su estampa,

de su misterio viviente,

que todo lo encarna.

El poder divino,

el redentor amigo,

del evangelio que tú,

María, de Betania

en Granada has vivido.

Ante él quedó postrada,

como camarera servidora

de la fe sanadora,

que su majestuosidad y tronío,

a todos nos había transmitido.

La bendijo, como bendice

a toda Granada,

Junto a su más fiel amigo,

y discípulo, aquel que jamás

dudó de su mensaje.

Ese, llamado San Juan,

que traía a su Madre,

agarradita de su mano.

Diciéndole, ven, míralo,

es Él, alégrate mujer,

que la ciudad lo viene a ver,

y les va a conceder,

salud, amor y caridad.

Como sanador y salvador,

Como el Rey de los Judíos,

fiel testigo del poder de Dios y

ante sala de la reencarnación,

Exultante de Alegría,

porque así te vas a llamar, María,

y vas a ser el emblema,

de toda la chiquillería.

Siempre alegre, siempre contenta,

como viva estampa,

del misterio de la Resurrección.

Porque hoy es Domingo,

es el día grande de todo cristiano,

y salimos a proclamar,

que todos somos fe y que la fe,

se encuentra entre nosotros hermanos.

Que creer no es ver,

pero si quieres ver,

aquí lo tienes, es tu Hijo,

el Salvador del pueblo,

el que a la sombra de un almendro,

evangeliza con sólo levantar un dedo.

Todo el pueblo de Granada,

en esta dominical mañana

lo vienen a ver.

Porque es el Hijo de Dios,

el único y verdadero,

el que posee

el amor imperecedero,

acompañado de su dichosa Madre,

la que como ella sola,

transmite Alegría,

que por fin lo ha demostrado,

a la muerte ha ganado.

Porque Él es…

El Santísimo Cristo Resucitado.

 

Surrexit en estado puro…

 

Y llevamos a Dios vivo, como podéis observar, por las calles de mi poderosa Graná, siempre Alegre, siempre contento, porque si vive, es porque por la redención, de todos nosotros, muere. Y creamos tantas cosas, tantas cosas bonitas, hasta el punto de sentir, que ya quisieran muchos vivir, allá por San Matías, la “Chicotá de las Abuelas”. O el Caniano frío que nos ofrece Cárcel baja, a las ocho de la mañana, temblándonos hasta la torácica caja. Y poder entrar hermanos en la Iglesia de la O, popular Sagrario, con todo apagado, a primera hora de la mañana y contemplad, la majestuosidad del arte que ha ido creando a lo largo de los siglos, la cristiandad. Y que me gusta, que mi Gerardo Sabador, le pida al chiquillo que cada año llevamos de “aguaor”, serio y como si no hubiera comido en una semana un alimento, y venga la criatura a los que vamos por fuera, a decirnos, con cara de resignación, -“Mirad que ese costalero, me ha pedido un mollete con Foie gras”, Gerardo me encanta y te quiero, o una ración de croquetas de la Mancha.

 

Y Castillo, que hombre

con un corazón más sincero,

que mientras está tirando

de la izquierda alante,

en variaciones infinitas, al milímetro,

sin perder el compás y

con la pierna por fuera,

está el tío,

llorando de devoción,

y rezando porque no se acabe

esa chicotá eterna.

Estévez, no me olvido de ti,

que falta hacen los bajitos de altura,

he aquí el ejemplo,

pero enormes en grandeza

y fuerza poderosa,

para aguantar bajo la trabajadera.

Y quiero mandarle un beso

a mi querido Álex Alférez,

al que este año llevaremos dentro,

porque una costilla fisurada,

no evitará que toda la cuadrilla,

en cada paso, en cada aliento,

en cada levantá y en cada ponimiento,

se acuerde del que en la acera estará,

llorando por no poder a su misterio viviente,

por las calles pasear.

Y gracias Zambruno,

por atreverte a confiar,

en este humilde costalero

para tocar el martillo,

del paso de la hermandad.

Está siendo duro,

Pero estoy seguro,

que tanto Ella como Él,

nos van a guiar

para volver a colocar

a esta cuadrilla

en el lugar

que nunca debió dejar.

Pero mi ole más sincero, es,

con permiso de sus padres eternos,

para mis niños costaleros, Falín,

Zugaldía con g, Carlitos, Pablo y Pablete,

Curro Quiles, y sobre todo a mi Luisito,

que aunque me dejaré alguno en el tintero,

cada ensayo lo vivo

como si fuera el primero,

gracias a su devoción,

su entrega y sus ganas.

Poco a poco, se están haciendo,

unos grandes servidores de la fe,

transmitida a través del racheo.

O que cuando se ha derretido,

la cera de la rampa de Pasiegas,

aprieten los dientes,

empujen el palo,

se sientan hermanos

y den hasta cambios,

al son de la música,

mientras se están resbalando.

¡¡¡Ole, Ole y ole!!!,

el que tiene la suerte

de sentirse costalero

del misterio viviente.

 

Y lo digo a voz en grito, porque somos principiantes en esto del costal, porque aunque nos llamemos costaleros, la humildad, reside, en reconocer, que no sabemos ná de ná, que ya hay otros, que están licenciados en esto del andar, y luego vienen los sustos, cuando no saben reaccionar, ante los imprevistos, que en la calles, un paso de misterio te puede ofertar.

Nosotros, despacito, como íbamos en la instantánea, al milímetro, que no se mueva una flor, una gota de cera, que la madera ni cruja, que sólo se oiga, el chirriar de los dientes del que le está cayendo el peso ardiente, sobre la cerviz sangrante, del paso eterno del amor de Dios, y que cuando salgamos, para eso está el Ceaco, para atender al que sufre por evangelizar a través, del racheo costalero de los talones, la rectitud de las rodillas, los adormecidos brazos de ir empujando pa´lante, y el botón trasero que nos sale en la cabeza, de ir contra el palo. Que ser costalero, nadie dijo que fuera un paseo, y mucho menos que no se sufriera. Es una penitencia y el que no pueda con ella, con todos mis respetos, a su casa, porque nadie le obliga a hacerlo, y si no vamos todos a una, lesionamos al compañero.

Es una penitencia, como la que realiza bajo el anonimato el nazareno, y los mayordomos de tramo, y los fiscales de paso, y salir de acólito Dios mío, ¿es que no es sacrificado?, si se deben de hasta fajar, para evitar lesiones a largo plazo. Y las camareras Madre mía, en esta ciudad bendita, que no sabes si ponerte guapa, o sufrir por la temperatura y las calles.

Aquí todos tienen su cautiverio, personal e intransferible, y cada uno asume ser penitente de la forma y manera, que su corazón le permite y siente, y gracias a vosotras y vosotros, nos convertimos en Cofradía, que pregona el momento clave, para entender todo esto, llamado Evangelio, porque si no hubiera Resucitado, nada de lo que cada día oímos en la Eucaristía, se hubiera escrito y ni siquiera, nos lo habrían enseñado.

Porque eres tu vida mía, Virgen de la Alegría, la que marca mi destino, la que siento como mía, aunque pocos la veneren. La venero yo, y me basta y me sobra, para ver, que quien te quiere, viene día a día a verte. Y no están en la Hermandad, y no están en la Cofradía, pero son anónimas cristianas, que ante Ella se arrodillan, y saben valorar, lo que significa, María de la Alegría.

Y Él, es enorme y poderoso, en bondad y en grandeza, porque es el que marca la delgada línea, de la delicadeza evangelizadora, que nuestro Consiliario, Pepe, nos inculca cada día a través de su oratoria, ya sea, en los grupos parroquiales o en la Eucaristía. Porque Tú, Santísimo Cristo Resucitado, eres Padre y Redentor, y semblante de todos los hombres, y ya quisiéramos poder, acercarnos a tu espontánea nobleza. Porque tan grande es, que no sabemos valorarlo, porque sólo vemos la semblanza del esclavo, sin entender, que fue Él nuestro primer esclavo, el que vino a redimir a mujeres y hombres, y a todo aquel, que se encuentre, en cualquier parte del horizonte. Porque Él y sólo Él, vino a redimir a vivos y muertos, y por eso Él y sólo Él, es tan grande como es.

Y te trajeron gente cercana, a San Juan y a María Magdalena, para que te acompañaran, en la que es, Nuestra Bendita Estación de Penitencia.

Porque todos necesitamos apoyo, y sobre todo, clemencia, del que vino a ayudar bajo la sombra de un almendro, y no se supo valorar lo que estaba dispuesto a dar, hasta que al tercer día, decidió resucitar. Y le dieron Gracia, Esperanza y Encarnación, y nos mostró, el camino para la Paz, que no es otro que el de sentirse Alegre, dentro del seno de la Cristiandad, como nexo de unión entre el pueblo y la Iglesia, siendo miembros de ella, para que logremos aumentar con cariño, esfuerzo, tesón y sobre todo paz, la nómina de hermanos de nuestra querida hermandad.

 

Dedicatoria Final…

 

Yo soñaba con ser tu Diadema,

esa que siempre te rodea,

la que te busca,

la que se encuentra,

Tu aureola de grandeza,

situada en tu cabeza.

He tenido la suerte, Madre,

de asearte con un pincel de pureza,

y he sentido la Alegria,

que transmites con tu belleza.

Son anécdotas, personales historias,

realidades eternas…

Porque yo te limpié,

sin corona en tu cabeza,

sentí, que eras mía,

y que yo solo te tenía.

Y se paró el tiempo un instante,

Parecía que allí no hubiera nadie,

Solo Tú, mi Reina,

y Pablo, mi hermano,

mi compañero inseparable,

de momentos inolvidables,

que giran todos,

en torno a tu presencia.

Bendita la fe mía,

que me hizo comprender,

que de todas, tenías, Tú que ser.

Eres mi sol, eres mi luna,

eres mi angustia y mi cuna,

porque nací siendo mariano,

y moriré siendo hermano,

del que se presente ante Dios,

como cristiano, católico,

apostólico y romano.

No necesito que me lo digan,

yo se por qué,

estoy aquí, día a día.

¿Son mis días?, ¿Son tus días?

O son en realidad,

los que jamás tu me preguntas.

Porque nadie tiene por qué saber,

cuando tu semblante vengo a ver.

No quiero que me lo alaben,

no quiero que me pregonen,

no quiero ni que me vanaglorien.

Porque Tú y sólo Tú,

consigues que venga a verte.

Y he venido hoy, Señora,

A decirte que te quiero,

a Ti y a Él, y que lo que os digo en privado,

hoy lo hago público,

ante el mundo entero.

Porque lo que no ha conseguido Barbero,

es que te quiera por tu peso,

pero Tú no pesas,

la penitencia es la que pesa.

De sentirse costalero,

de tu semblante sereno,

sereno de Paz y Gloria,

de Paz y Gloria sereno.

Y que me vengan a mí a contar,

que no te sienten,

que no te veneran,

ese no es cristiano de corazón sincero,

Porque Tú, Madre Mía, no pesas.

Y he querido dedicar,

este sincero y puro final,

a mi cofradía.

A todos vosotros,

que no me tacháis,

de no sentir a mi Graná.

Porque Triana, llegará,

como me dijo,

mi amigo Alberto Ortega,

cuando tenga que llegar.

Agarradita a su mano de pureza,

que es Inmaculada, Pulcra,

Bella y de una Reina.

Y yo quiero presumir,

de ser de Él, pero,

sobre todo, mariano.

Porque nunca jamás,

me sentí más cristiano,

que el día que concebí,

a una princesa celestial,

llamada sevillana,

pero que es mas de Graná,

que muchas de las sultanas.

Y no me hagáis repetir,

que Granada, es Granada,

pero que esa que va a venir,

al seno de nuestra hermandad,

se llamará… Triana…

 

He dicho