Cristo Resucitó... y...¿ascendió?

La fe en Nuestro Señor nos ayudó hacer mas leve la espera después de la Muerte en la Cruz, y como él nos dijo resucitó al tercer día; pero después de su Resurrección nos llena de gozo celebrar otro de los grandes acontecimientos del cristianismo, La Ascensión Gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo a los Cielos.

 

Es conveniente advertir, ya desde el principio, que sería impropio acercarnos a la fiesta, en los cuatro primeros siglos, con la mentalidad actual. Es más exacto hablar de la Ascensión como parte integrante de la celebración del Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Precisamente porque la íntima naturaleza de la Ascensión forma parte del Misterio Pascual del Señor, puede ser de provecho desglosar el conocimiento de la formación histórica de la fiesta.

 

 

 

El objeto de la fiesta es el descrito por el evangelista Lucas ( 24, 50-52, y Hch 1, 9-11). En los restantes escritos del Nuevo Testamento sólo encontramos referencias indirectas, si exceptuamos la breve cita de Marcos 16,19. La Ascensión del Señor es presentada en estos textos como el término de la vida terrenal de Cristo y formando parte de su glorificación. Es el Señor glorioso que esperamos al final de los tiempos para el juicio definitivo y el reino sin fin.

 

Los relatos bíblicos connotan algunos detalles de lugar, tales como cerca de Betania, o elementos simbólicos como pueden ser la nube, el gesto de bendecir y el mismo subir al cielo. Son detalles que no escaparán a la posterior iconografía de la Ascensión, ni en la ampliación no bíblica de los relatos.

 

El contenido de la fiesta se presta a un gran desarrollo histórico. En efecto, es objeto de nuestra fe y, como tal, encuentra su formulación en el Credo: Resucitó al tercer día, según las Escrituras y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre. Se expresa de múltiples maneras en el arte, y se formula en los textos litúrgicos de la fiesta. Esta y otras manifestaciones son las que constituyen la historia de la fiesta.

 

El Lugar y la fecha son dos cuestiones relacionadas con la fiesta. La tradición señala un lugar. Desde el siglo cuarto, por lo menos, los peregrinos en la Ciudad Santa sitúan el hecho en un determinado lugar sagrado. La tradición conserva el recuerdo de la Ascensión vinculado a un lugar teofánico. La celebración de la fiesta, según el relato de la peregrina Egeria (prescindiendo por el momento del día) tiene lugar inmediatamente después de sexta. Todos los cristianos suben al monte Olivete, esto es, a la Eleona, de modo que ningún cristiano queda en la ciudad. Al llegar al monte Olivete, esto es, a la Eleona, primero se va al Imbomón, esto es, al lugar de donde el Señor subió a los cielos, y allí se asentan el obispo, los presbíteros y todo el pueblo ....


No hay duda de que la fiesta ya en los remotos orígenes del siglo IV, y aún antes, connota un carácter local y topográfico. A este lugar del monte de los Olivos donde se conmemoraba la subida del Salvador a los cielos el día de la Ascensión, Egeria le llama repetidas veces, Imbomón. No es que realmente en su tiempo hubiera allí una iglesia, al menos ella no la recuerda nunca, sólo habla del lugar. Quizá habría algún monumento que recordaba el hecho evangélico.

 

La iglesia octogonal de la que después hablan los peregrinos y varios autores, fue construida por Poemia, noble dama emparentada con el emperador Teodosio. Egeria no conoció esta iglesia porque Poemia llegó a Jerusalén el año 394 y Egeria había emprendido el viaje de vuelta a la patria unos diez años antes.

 

Es conocido el texto de San Agustín, contenido en el sermón 118, donde afirma que las fiestas litúrgicas de la pasión del Señor, resurrección, ascensión y venida del Espíritu Santo, son celebradas por toda la tierra. Con ello pretende remontar el origen de las fiestas a la institución de los apóstoles. Sin embargo parece cierto que en el siglo II la fiesta no es conocida. En esta época sólo se habla de Pascua y Pentecostés. Ni Orígenes, ni Tertuliano o san Cipriano hablan de la fiesta. San Paulino, en el siglo cuarto, sólo nombra entre las grandes fiestas, Navidad, Epifanía, Pascua y Pentecostés.

 

A mediados del siglo IV empiezan a salir testimonios de su existencia. San Juan Crisóstomo (+405), habla de ella como una fiesta universal. Otro tanto ocurre con Gregorio de Nisa. El escritor Sócrates, a principios del siglo V, narra que la fiesta es celebrada en un barrio de Constantinopla, con mucha concurrencia de pueblo. Dejamos para más adelante completar estos datos, puesto que de continuar ahora podrían contribuir al error de pensar que la primitiva celebración de la Ascensión tenía lugar el día cuadragésimo después de Pascua. En realidad éstos son testimonios del comienzo de una nueva fecha de celebración.

 

Sería en vano buscar en los tres primeros siglos una fiesta de la Ascensión el día cuarenta. Esto no significa negar la posibilidad de su existencia. La primitiva concepción teológica unitaria del Misterio Pascual y de su celebración cincuentenaria, forman el núcleo originario primitivo del año litúrgico, que los siglos posteriores ampliarán y, a veces, desnaturalizarán.

 

El estudio de los orígenes de la fiesta han puesto a plena luz unos magníficos testimonios escritos, los cuales nos resultan de gran valor para entrar en el conocimiento del misterio de la Ascensión.

 

Entre los autores que suelen citarse está el nombre del célebre historiador, el obispo Eusebio de Cesárea. En su escrito Sobre la solemnidad pascual, alrededor del año 332, dice: Después de Pascua celebramos Pentecostés en siete semanas llenas... Sin embargo, el número de Pentecostés no se para en estas semanas. Con él se designa el día solemnísimo de la Ascensión. Hay que admitir, pues, que la fiesta que pone el sello de clausura al tiempo pascual es la conmemoración de la subida de Jesús al cielo, sin excluir, por otra parte, la memoria de la efusión del Espíritu.

 

En un escrito apócrifo, de origen sirio, de principios del siglo cuarto, que suele llamarse Doctrina Apostolorum, en el canon 9 se lee: Los apóstoles establecieron que al cumplirse los cincuenta días de la resurrección se hiciera conmemoración de la Ascensión hacia el Padre Glorioso.

 

Tanto por la importancia del texto como por tratarse de testimonio de Jerusalén, nos conviene volver al Diario del Itinerario de la peregrina Egeria. Curiosamente la peregrina relata la circunstancia de celebrar el día cuadragésimo en la iglesia de la Natividad. El hecho de no hacer ninguna mención al rito de la Ascensión da a entender que ésta no se celebraba.

 

Más adelante, en el texto que hemos citado al principio, se desprende que este rito se celebraba en Pentecostés. Tenía lugar después de la misa en el monte donde Jesús subió al cielo. Allí se lee el evangelio de la Ascensión y el mismo pasaje de los Hechos de los Apóstoles, en medio de muchos cantos y oraciones.

 

En occidente, en algunos vestigios, como los de las homilías de Máximo de Turín, aparecen simultáneos los temas de la Ascensión y de la venida del Espíritu, dando a entender que son objeto de una misma celebración.

 

De ciertas homilías de san Juan Crisóstomo y de Gregorio de Nisa, que tienen por objeto la Ascensión el día cuarenta, parece deducirse que a finales del siglo cuarto, en las Iglesias de Antioquia y de Nisa se abre camino una fiesta autónoma de la Ascensión. El concilio de Elvira, cerca de Granada, a principios del siglo cuarto, y el de Nicea, a. 325, contienen expresiones que dan a entender un movimiento para individualizar los cuarenta días.

 

La representación de la Ascensión no forma parte de la primera época del arte cristiano. Por los testimonios de que se dispone se deduce que el misterio de la subida al cielo del Señor Jesús, empieza a representarse en el siglo IV.

 

Unos pocos ejemplos servirán para darnos cuenta de la mentalidad cristiana, expresada en la forma de representar el misterio. Se supone que la representación más antigua es el relieve de la puerta de la iglesia de santa Sabina, en Roma. Al margen de las discusiones para determinar la época de la obra de arte aceptamos, por ser la opinión más común, que se trata de una obra del siglo V.

 

 

El artista ha expresado el misterio de esta forma. Jesús en la pendiente de un monte es llevado por las manos de tres ángeles que lo elevan hacia arriba. Abajo, al pie de la montaña, están cuatro apóstoles.

 

 

 

 

 

 

 

Otra representación, esta vez en un manuscrito, nos sitúa en el año 586. Es obra del monje Rábula, que la realizó en el monasterio de san Juan de Sagba, en Mesopotamia. Se conserva en la biblioteca de Florencia. Es una espléndida manifestación del arte en Siria, en tiempo de Justiniano en Constantinopla, muy próximo al estilo de la capital del imperio bizantino. Estamos lejos de la escena de Jesús arrastrado por los ángeles. Aquí aparece rodeado de cuatro ángeles, dos de los cuales están en actitud de adoración. Cristo, en el aire, está sostenido por las alas de serafines, entre los que se combinan los símbolos de los cuatro evangelistas. La diferencia mayor entre ésta y la representación de santa Sabina, sería la animación que aquí ofrece la escena, mientras que en el primer caso parece inerte.

Las representaciones artísticas del misterio celebrado, son imágenes de la fe que van más allá de puras ayudas catequéticas. Son una evocación del misterio más en conexión con la celebración.