Leyendas

Un año de estos, Domingo de Ramos, siendo las cuatro de la tarde, me dirigía a la puerta de la iglesia de San Andrés, en la mismísima calle de Elvira. Tenia en el cuerpo la alegría de que la Semana Santa estaba comenzando y que como cada Domingo de Ramos, me dirigía a la misma hora para contemplar la primera procesión de nuestra Semana Mayor.

El gentío ya se agolpaba en las pequeñas aceras de la calle y busqué un sitio que fuera lo más cerca de las puertas de la iglesia.

Estando esperando que asomara la Cruz Guía, y como era temprano, apoyé mi espalda en la fachada de la casa que tenia tras de mi y me puse a pensar sobre algo que un día leí, sobre una leyenda de esta calle y que mas o menos decía así

En el mes de Diciembre del año de 1.576, en una noche de intenso frío, sobre las once de la noche, pasaban por la calle de Elvira dos hombres embozados en su capa, solo se sentían los pasos de estos, ya que con la noche echada y el frío, la calle estaba desierta.

Al pasar estos muy cerca de la iglesia de San Andrés, oyeron unos lamentos que salían de una casa modesta, estos llamaron la atención de los dos caballeros y se acercaron hasta la casa tocando en su puerta, los moradores de la misma quedaron sorprendidos, pues no esperaban visitas y menos de caballeros, abrieron la puerta y entraron los dos embozados en aquella miserable casa y preguntaron por los lamentos que habían oído, ofreciéndose a remediar las desventuras que pudieran haber caído sobre aquella familia.

Contó el dueño de la casa, al caballero que le preguntaba y que no podía ver el rostro, todas sus inmensas desgracias y que su mujer enferma no tenia con que alimentarse ni podía atender a su curación, y su hijo, nacido hacia ocho días, esta expuesto a la muerte sin hacerlo cristiano, por carecer de lo necesario para recibir el bautismo.

El caballero, se ofreció a ser padrino de su hijo, citándolo en la iglesia de San Andrés al día siguiente, quedando por su cuenta los gastos de la ceremonia, dejándole un bolsillo de oro para atender a sus necesidades, como anuncio de otros dones, si su honradez y conducta corrían con la franqueza que le había expuesto su ruina.

El pobre hombre creyó que todo era un sueño, pero el oro que conservaba y un aviso que le llegó para que a las siete de la tarde estuviera en la parroquia, para la celebración, le convencieron de que no había soñado.

A las siete en punto se encontraba con su hijo y su cuñada en la iglesia de San Andrés, cuando entró la iglesia estaba adornada como para celebrar el bautizo del hijo de un gran magnate, una voz conocida dijo adelante y estos penetraron hasta la pila bautismal. El sacerdote que no conocía ni el nombre ni la familia del bautizado, ni tampoco, el padrino, solo había dispuesto todo la ceremonia, merced al oro recibido.

El cura comenzó a extender la partida, preguntando hasta tres veces quien era el padrino, y tres veces le dio la misma contestación, el nombre es Felipe; el cura se incomodó y dijo pero Felipe que mas, tratando de averiguar el apellido, se descubrió el embozado contestando Felipe II, Rey de España y de las Indias, y mostró descubierto su rostro.

El hecho se hizo público en Granada, el pobre que era tornero de profesión, vivió desahogado y su hijo repetía siempre con orgullo, que era ahijado del rey”.

Y me despertó de mis pensamientos la apertura de la puerta, por donde salía la Cruz Guía, seguida de penitentes.

Unas semanas antes del Domingo de Ramos, un día cualquiera de la semana, cuando la noche se había hecho dueña de Granada, llegaba al Convento de Santa Isabel la Real, para hacer el traslado del Cristo de las Tres Caída hasta la iglesia de Santo Domingo, era, como siempre, temprano y los cofrades de la Virgen del Rosario estaban terminando de preparar el altar y de colocar al Cristo en las andas, me salí al patio del convento y allí esperando, entre el silencio de la noche y el encanto del Albayzín, pensé que este convento fue erigido por los Reyes Católicos y que antes, cerca de este, en tiempos musulmanes, había sido morada de una reina desgraciada.

Una sultana joven y hermosa, víctima de la asechanzas de un malvado, fue su primera dueña, y la que dio el nombre al Palacio de Darla-Horra (casa de la Honesta).

Reinaba en Granada Jusef Abul Hegig, elevando este a la condición de sultana a la hermosísima Kamar que en árabe quiere decir Luna.

Jahie, amigo de Jusef, se enamoró de Kamar, llegando hasta describirle su pasión, no consintiendo esta serle infiel a su esposo, en vista de lo cual Jusef, juró vengarse de ella y del mismo rey.

Se celebraron en la Alhambra fiestas por la victoria de una correría que el rey con su ejercito habían realizado felizmente. Allí lucían sus galas y belleza, la sultana Kamar y su hermosa prima Zara, amada predilecta de Omar, que era el favorito del rey. Las dos primas cambiaron joyas y lazos, esto dio pie para que Jahie, pretendiente desairado de la sultana, calumniase a esta y el monarca, creyéndose deshonrado por su mejor amigo, retiró de sí a la sultana y encerró en un calabozo a su fiel amigo Omar. Pero el rey no podía olvidar el amor que le profesaba a Kamar y le construyó un palacio en lo que hoy es Santa Isabel. Allí vivió algún tiempo la sultana, pero aclarados los hechos, la verdad descubrió todo. La afligida Kamar volvió a ocupar su sillón real; el favorito del rey, Omar, recobró su libertad y el infame calumniador murió a manos del verdugo, mereciendo desde entonces la reina la denominación de la Honesta

Y estaba yo pensando, en la quietud del patio de Santa Isabel, la coincidencia, que en tiempos moros habitara la Honesta y hoy sean las vírgenes del Señor las que aquí viven, cuando me avisaron que la Eucaristía estaba para comenzar y presuroso me dirigí a la iglesia.

Ese mismo día, después de haber recibido al Señor, volví a salir al patio en espera de que se iniciara el Via Crucis con la imagen de Jesús de las Tres Caídas y volví a acordarme de que muy cerca de aquí, en la Placeta del Cristo de la Azucenas, se cuenta:

Que una hermosísima joven, huérfana, vivía con su tía, estas se ganaban la vida como bordadoras, el destino quiso que se cruzara en su vida un guapo mozo, licencioso y descreído, el cual la enamoró hasta lograr los favores de la joven inocente a quien tras quitar la honra, abandonó y despreció.

Cierta tarde, la tía de la desventurada joven, vio por delante de la imagen del Santo Cristo de las Azucenas, al joven calavera y esta le increpó duramente por su forma de proceder, diciéndole que solo podía remediar aquella desventura, casándose con su sobrina.

Este contestó:

-Seré esposo de tu sobrina, dijo el joven riendo, cuando esas azucenas florezcan, como si fueran naturales.

La vieja tía le replicó diciéndoles blasfemo. En aquellos momentos las azucenas reverdecieron, haciéndose frescas, quedando el joven mudo.

El habla la recuperó al contemplar un día a su hijo, nacido de esa hermosa joven, casándose con esta y dándole nombre al niño”.

En la puerta de Santa Isabel, se encuentran ya los faroles que preceden al traslado del Cristo y yo me dirijo a ocupar mi sitio entra la mucha gente que lo acompaña.

En esa misma Semana Santa, el Jueves Santo, después de haber asistido a los Oficios del día, me fui a recorres los Monumentos y rezar ante el Santísimo. Uno de estos Monumentos me llevó a la iglesia de San Antón, después de hacer el rezo, me dirigí, como es costumbre en mí, a la capilla de San Expedito, donde además se encuentra el Señor del Zapato y mientras esta contemplándolo, se me vino a la memoria una leyenda que existe sobre este Cristo crucificado y que es la siguiente:

En el año 1804, era mucha la hambre que se dejaba sentir por toda Granada, hasta el punto, que las familias pobres tenían que mendigar por las calles y las casas.
Entre las víctimas de la pobreza y el hambre, había una mujer que habiendo visto morir a su marido, sastre de la calle de Elvira, y a tres de sus hijos, quedaba expuesta a los horrores de la miseria y además teniendo que alimentar a una hija pequeña y enferma desde su nacimiento.

Se mantenía por su arraigado sentimiento religioso. Su fe le daba fuerzas y le había abierto el camino durante dos meses, pero llegó el día en que no tenia ni siquiera un pan que ofrecerle a sobre niñita.

Como cada mañana hacía, esta mujer, entró en el convento de San Antón y postrándose ante un hermoso Cristo crucificado, le rogó con las lagrimas en los ojos que le inspirara una idea para salir de esta situación.

La viuda quedó asombrada. El Cristo, que por donación particular de unos devotos, tenia dos zapatos de plata, movió el pie derecho y arrojó junto a la mujer el zapato que lo cubría.

La infeliz mujer, atemorizada ante lo ocurrido, cogió el zapato de plata y corrió hasta la sacristía, contando lo ocurrido a un sacerdote, este creyó que era pretexto de aquella mujer para robar el zapato, la despidió con dureza y fue a colocar el zapato al Cristo crucificado.

Pero el estupor se apoderó del sacerdote cuando vio como el Señor desprendió nuevamente el zapato de su divino pie, indicando con ese gesto la pureza de intenciones de la pobre viuda.

Se alborotó la comunidad y se buscó a la devota viuda; se le entregó aquel objeto como rico don que le enviaba la Providencia.

Salí de la iglesia al encuentro de cualquier cofradía del Jueves Santo.

Y aquí termino estas leyendas que en otro momento, si os interesa, seguiré contando, no se si son verdad o mentira, pero escritas están y pensad, cuando estéis viendo una procesión, o simplemente, cuando paseéis por la ciudad, que en cada calle, plaza, en cada rincón, hay una leyenda mora o cristiana.

Gerardo Sabador Medina

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