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Una historia de amor cofrade

Juan Armando Ocaña González-Cuadros

Este año, esta Semana Santa, hace ya dos años que, con todo el orgullo de mi corazón, decidí hacerme hermano de la Cofradía del Santísimo Cristo Resucitado y Nuestra Señora de la Alegría, y cuatro años desde que siento por ellos, mis Titulares, un especial cariño.

El año en que todo empezó, 2008, había sido además el primer año que salí como nazareno en la Hermandad del Cristo de la Lanzada y la Virgen de la Caridad, por lo cual estaba siendo para mí una Semana Santa intensa y llena de buen sabor. Mientras mi familia se iba de viaje a otros lugares de España desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección —pues ninguno ha sido nunca especialmente cofrade—, yo me quedaba en Granada viviendo algo que a mí me resultaba indispensable en la vida.

La cofradía para la que estoy escribiendo no me había llamado nunca la atención de forma especial, pero sí me parecía curiosa (en el buen sentido de la palabra), por lo conocido por todos: sus Titulares. También me gustaba mucho ese color celeste del que se inundaba la calle al paso del cortejo, así que, tras pensar todo esto mientras los veía en las calles de Granada en 2007, decidí poner mayor atención y fijarme detenidamente en los detalles, cuando la viera al año siguiente.

Como decía, en 2008, en la esquina del Hotel Victoria de Puerta Real, esperaba yo a que la Hermandad fuera a buscar la Calle Ángel Ganivet para así llegar por Cuadro de San Antonio a la Carrera Oficial. Vi a sus campanillos tras la cruz de guía, sus nazarenos con y sin capirote… hasta que el Cristo Resucitado llegó a donde yo me situaba, y tras un descanso de los costaleros delante de mí, como si me estuviera invitando a contemplarlo mejor, o avisando de que dos años después yo sería uno de sus nazarenos, el Resucitado de Arabial siguió sus pasos. Pero el momento clave llegó unos momentos mas tarde. Pasados unos siete minutos desde que perdí a Nuestro Señor de vista tras adentrarse en Ángel Ganivet, se empezó a ver una lejana silueta a mi izquierda, saliendo de la calle Puentezuelas y avanzando hacia mí.

Yo ya conocía esa silueta de brazos extendidos, manto al vuelo y diadema; una silueta que, conforme se acercaba, se iba convirtiendo en Virgen. Y fue entonces, en ese momento, cuando no pude apartar mi vista de Ella. Como si quisiera decirme algo, la Alegría de Nuestra Madre avanzaba hacia mí con su mirada oscura y penetrante y su bella sonrisa. Aún no estaba cerca del todo, los capirotes y el pequeño cuerpo de camareras me tapaban la visión del paso, y esto, unido a la grandiosidad de la talla y a su armonioso balanceo, me provocó la espectacular sensación de ver a una María corriendo, triunfal, alegre… Sensación a la que también ayudan sus ya citados brazos extendidos; y sensación para la que hace falta mucha sensibilidad para saber apreciarla (según mi opinión). Al fin llegó a mi altura su bonito paso plateado con adornos dorados, que siempre me había gustado tanto, y con los sones de ‘’La Macarena’’, de Paco Lola, la Virgen más sonriente y especial de Granada pasó por delante de mí siguiendo el camino de su hijo Resucitado.

Lo que ni yo ni nadie sabíamos es que iba a ser la última vez que la veríamos tal y como la he descrito, motivo que no rebajó mi amor por Ella ni mis ganas de formar parte de su Cofradía.

Había sido la última Hermandad que vería ese año y, de camino a casa, el típico sabor amargo con el que un cofrade se queda tras el Domingo de Resurrección no existía en mí. Por primera vez, por mi mente solo corría ALEGRÍA. María Santísima había cumplido para conmigo lo señalado en su advocación. A partir de ahí, fueron dos años de numerosas visitas a la Parroquia de Regina Mundi, para ver desde cerca a Nuestra Señora y notar cómo se me ponían los vellos de punta al verla a tan poca distancia, y al Señor Resucitado frente a ella, al otro lado de la iglesia.

Al año siguiente, 2009, vi por primera vez, como todo el mundo, el nuevo paso de misterio de la cofradía, donde se incluían los dos Titulares. Y comprobé que, efectivamente, mi devoción hacia ellos no iba a disminuir por ese pequeño gran cambio de planes.

Por fin en 2010, pese a no ser alumno del colegio Regina Mundi ni tener nada que ver con él y su gente, y sin ser tampoco vecino del barrio Arabial ni proximidades, me hice hermano de la cofradía y fui a recoger mi hábito de nazareno blanco y celeste, que unas semanas después llevaría puesto desde por la mañana hasta las primeras horas de la tarde, acompañándolos por la ciudad desde el Sagrario y escuchando de fondo los sones de la música cofrade que reparte la Agrupación de la Estrella que va tras ellos. Y lo mismo hice en 2011, esperando con ilusión que la cofradía, en un plazo no muy lejano, vuelva a poder salir desde su barrio, haciéndolo así yo también por primera vez.

Ahora en 2012, busco con este artículo y por mí mismo acercarme más a la Cofradía, a su gente, a su vida, a mis Titulares (aún si cabe) y ser así testigo del necesario resurgimiento de la Hermandad en nuestra ciudad, en el cual quiero y espero colaborar. Todo sea por la Alegría de María al ver a Cristo Resucitado.

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